Nostalgia

Para que la vida no me sea tan inmediata, en otra palabras… Para que la vida no me arrase, suelo tener mi teléfono en silencio. Solo cuando la peque no está conmigo, estoy atenta a llamados o mensajes, el resto del tiempo, en el mejor de los casos, mi teléfono cumple la función de reloj. Así que de vez en cuando, cuando necesito saber la hora, voy leyendo mensajes, respondiendo llamados, etc.

Ayer, en la lista de mensajes de whatsapp había uno de mi suegra. Lo abro, y se descarga una imagen: una selfie de la susodicha con la Torre de Pisa de fondo. Me toma unos 17 minutos responderle, no sabía que escribir, como si se hubieran esfumado todas las ideas, por un momento me siento pacata.

Sigo dando vueltas por la casa, y la imagen sigue nítida: mi suegra y la Torre de Pisa. De repente me viene a la mente la cocina celeste de mi abuela, y sobre la mesada una torre de panqueques. Dejo de recorrer mi casa, para recorrer la casa de mi infancia en busca de mi abuela. Desde el ventanal de la cocina, la veo con su delantal y un atado enorme de acelgas. Panqueques + Acelga = canelones. Asiento.

Decido responderle a mi suegra con una expresión similar al Eureka!!!  Has encontrado la Torre de Pisa!!! Felicitaciones!!!

Y con el mismo entusiasmo de quien acaba de descubrir un misterio, me pongo a buscar una receta de panqueques.

100 gr de harina común

2 huevos

300 ml de leche

1 cucharada de aceite vegetal

Una pizca de sal

En un cuenco, colocar la harina tipo corona, y en el centro agregar los huevos, el aceite y unos 100 ml de leche, batir hasta formar una masa homogénea, y seguir batiendo mientras se agrega, poco a poco, el resto de la leche. Dejar descansar la mezcla al menos una media hora antes de usar (para que mejore la consistencia).

Después de la cena, hago un poco de dulce de leche, y pongo un marcador en mi cuaderno de recetas. Para variar, panqueques con dulce de leche y crema para el desayuno.

Esta ha sido, la primera semana de las vacaciones de verano. La peque se está recuperando de un resfrío, y yo sigo mortificada con mi amígdala izquierda. Más que las rutinas de las terapias, no hemos hecho gran cosa. Cada vez que fuimos a la biblioteca, deseé volver a casa a por una siesta reparadora en el sofá.

Esta mañana, el dolor me despertó pasadas las 6. Como cada día, curé mis penas con una taza de té. Esos primeros tragos son como abrir las entrañas con un cuchillo sin filo, hasta que el dolor comienza a ceder, y es como si encontrara un canal por donde escapar. Cuando me sentí un poco mejor, empecé a preparar las cosas para el desayuno y a medida que no avanzaba, mi mal humor crecía.

La casa mínima no es gran cosa, en la planta baja hay una sala de estar, el comedor diario y la cocina. Pensé que el plan de emergencia era la mejor opción. Es decir, recojo la sala de estar metiendo todo en una bolsa, que luego con tiempo y dedicación separo y ordeno. Luego sigo por el comedor diario y termino en la cocina, donde ya no queda espacio ni para apoyar un palillo chino, y donde me dispongo a hacer panqueques.

Vuelvo a poner la pava, esta vez para el café, mientras escucho como una tropa de elefantes hambrientos baja por la escalera.

Cuando termino de servir el desayuno, y me dispongo a disfrutar de mi taza de café, BW me pide que le sirva un panqueque espolvoreado con azúcar impalpable, porque tenía nostalgia de los panqueques de su infancia.

Y mientras degusta su panqueque azucarado, la conversación matinal se explaya en tipos y estilos de panqueques, que si más finos o más gruesos, que si con los bordes crocantes o espesos.

Llega la hora de acicalarse para ir a la biblioteca, y a medida que la cosa no avanza, voy perdiendo los estribos. Quería ir al centro a ver la exposición de cerámica, pero es casi medio día y estos apenas van saliendo, mientras la casa mínima se me cae encima.

Y con el sonido de la llave en la cerradura, hace su presencia el silencio, intenso, profundo, como si el mundo se hubiera detenido. Y me sumerjo en un pensamiento infinito, y vienen a mi mente las musas chinas. Esas mismas que aparecían todos los años en la estación de los ciruelos, cuando el monzón no da tregua en el Delta del Yangtsé.

Las musas chinas son muchas, como las cuentas de un Mala budista, y cada una tiene su propia mantra, que se repite una y otra vez. Tenía nostalgia de este ejercicio de introspección, que me permitía poner en palabras la magia de lo que me rodeaba. Como cuando la lluvia abundante golpeaba los techos chinos, y el agua se deslizaba y corría ligera llevándose todos sus secretos milenarios. Como cuando después del monzón, la madera rancia de la pagoda crujía en cada escalón y la sensación de embriaguez producida por la humedad y el calor, solo se desvanecía en presencia de los escritos sagrados, en ese rincón absoluto donde la corriente de aire te invitaba a postrarte y meditar.

Y meditar era eso, conectarse y fluir. Y con esa energía ordené la casa mínima, y después me sumí en una siesta profunda y reparadora de tres horas. Me desperté para la cena, BW había hecho bami-goren (fideos fritos con panceta y verduras).

10 thoughts on “Nostalgia

    • Muchas gracias Milly!!! Qué alegría saber que todavía queda alguien del otro lado leyendo mis delirios 🙂

      Un fuerte abrazo!!!

  1. Espero que mejores pronto.

    Tus letras siempre me transportan a los sitios que describes con los olores y las sensaciones, esa magia de la que hablas me parece una película.

    Que bueno que pudiste descansar y encontraste la energía en la nostalgia, no sabía que se podía hacer eso, la magia está en ti, ya te diste cuenta.

    Muchos besos ;).

    • Muchas veces las musas me aturden tanto, que les hago oídos sordos :))))) Pero las ganas de escribir siempre están!!! Un abrazo inmenso para vos!!!

  2. Hola! qué bueno haber pasado por acá y haberme encontrado con este relato.
    Tus palabras, tu forma de escribir tienen algo mágico. Es como que puedo transportarme a esos momentos.
    Un abrazo!
    Cele*

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