Anecdotario

Hoy se inicia esta nueva sección -o etiqueta- “anecdotario“, para esas veces cuando pienso que no me puede pasar algo peor, y pasa. Para cuando me empiece a plantear en que momento me quedé “anestesiada” y el verdadero significado del “沒辦法” -mei ban fa-, algo así como “no hay nada que se pueda hacer”, “resignación”, empezó a cobrar sentido.

Hace unos días el genial Paco escribió una entrada super entretenida sobre nuestra realidad china, pueden pasar por su blog y echarle un vistazo.

La parte con la cual más identificada me encuentro, es la que transcribo a continuación:

Que si burocracia enrevesada, que si cambios de última hora, que si medias verdades… ¡no es para tanto! Trabajar en China, en concreto en una universidad, te convierte en un ser más despierto, vivaz, resuelto, preparado para cualquier situación en cualquier momento. Además, el hecho de tener que ir moviéndote de departamento en departamento en pos de los sellos necesarios para que te hagan las fotocopias que necesitas para tu clase, activa nuestro organismo y lo mantiene en forma. Hay que ver, que poquito aprecíamos el favor que nos hacen nuestros colegas chinos al motivar nuestra capacidad de intuición y sexto sentido, cuando nos dan alguna instrucción. ¿Qué ventaja hay en que te lo digan todo claro, con detalle y con antelación? Con lo divertido que es jugar a las adivinanzas, completando información cual crucígrama, todo un reto para nuestro cerebro.

Esta semana los estudiantes tenían las “Jornadas Deportivas”, así que las clases fueron canceladas. Yo esperaba la confirmación oficial para comprar nuestros pasajes de avión y venirnos a Zhangzhou, pero como llovía torrencialmente no me quería arriesgar sin estar 100% segura que las competencias seguían en pie. El pronóstico del tiempo era nada alentador para el día de hoy, pero si para el jueves y el viernes. Así que cuando finalmente mi jefa me dijo que podía comprar los tickets, y ya estaba más o menos organizada por si a último momento tenía que volverme a Ningbo, solo encontré asientos para el último vuelo de la noche.

Compré los tickets, y después de cenar fuimos al aeropuerto. Me gustó mucho el aeropuerto desierto, todas las tiendas cerradas, solo las personas de mantenimiento hablando sigilosamente. Un placer.

Antoinette corrió a sus anchas por todos los pasillos, no hubo ni colas ni demoras.

Le había pedido explícitamente a BW que no nos fuera a buscar al aeropuerto, porque encontrar un taxi barato con su aspecto europeo es muy difícil, además de que viajamos con una valija grande, el coche de Antoinette, mi mochila y la cría, y aquí todos los taxis tienen el tanque de gas en el baúl, y ya no queda mucho espacio.

Pero, después de recoger nuestro equipaje, y buscar la salida, nos encontramos con BW esperando por nosotras. Aunque tenía ganas de matarlo, me alegré de verlo.

En el estacionamiento del aeropuerto hay taxis para trasladarse a Xiamen y alrededores, pero también hay taxis que esperan pasajeros para volver a Zhangzhou. Los colores son diferentes y en la patente hay un caracter que indica a que ciudad pertenece. Aunque era muy tarde, todavía quedaban 4 taxis disponibles con matrícula de Zhangzhou.

Enseguida se acercaron y les explicamos que íbamos al puerto, entonces ya 2 retrocedieron -estos dos solo querían pasajeros que fueran al centro de Zhangzhou-, y empezamos a discutir el precio con los otros 2. Al final uno aceptó nuestra propuesta, y siendo la medianoche emprendimos viaje.

A medida que avanzábamos, no llovía, diluviaba.

Llegamos al complejo de apartamentos, y los taxis no pueden entrar, la persona de seguridad estaba profundamente dormida, y mientras BW sacaba la maleta y el coche de Antoinette, yo tenia a la peque en brazos.

BW desplegó el coche, bajé rápido y puse a la cría en el coche con el cobertor para protegerla de la lluvia, y mientras le ajustaba el seguro y BW golpeaba el vidrio de la garita de seguridad para que nos abriera la puerta, el taxista arrancó y se fue. BW lo siguió un trecho a los gritos, pero no se detuvo.

En el asiento del co-piloto estaba la mitad de nuestro equipaje, y el taxista se lo había llevado.

Le dije a BW de subir al departamento con la peque, y yo con mi medio chino me quedé ordenándole las ideas al guardia.

El guardia me repetía una y otra vez “mei ban fa”, y yo tratando de convencerlo de que llame a la policía  hasta que se me acabó la paciencia y de un tirón arranqué una calcomanía que tenia pegada en su escritorio con el logo y el número de la policía, y de otro tirón le saqué el teléfono y llamé a la policía.

Una hora más tarde la policía, y cuando digo policía, era un policía de verdad, que además estaba guapísimo, con su uniforme verdolaga y una cara de pocos amigos porque lo había despertado, llegó -con otro policía en pijamas- en un patrullero.

Le expliqué lo que pasó, le dí los datos que tenía, y rápido hizo un par de llamados. Localizaron al taxista, y nos dispusimos a esperarlo. El guardia preparó té, los policías sacaron sus cigarros, y ahí nos quedamos hablando de esto y lo otro hasta las 3 AM, cuando el taxista se dignó a aparecer con el resto de mis petates.

Les agradecí y subí a la casa, donde me esperaban mis amores, con la satisfacción de haber vencido el “mei ban fa”.