Regresar a casa con maleta y mujer

Él había encontrado su lugar en el mundo, en el workshop de la casona de verano de Corrientes y Avellaneda. Hasta allí arrastró una cama, ordenó su ropa en el armario de herramientas y apiló sus libros en los estantes. Al final de la primera hilera de libros había un cubo lleno de lápices, eran su tesoro. Esos lápices con los que anotaba apuntes en las páginas de los libros que leía, donde remarcaba citas, ayudamemorias. 

El resto de la casa la destinó a los huéspedes, y solo disfrutaba de la cocina.

Mientras la pava chillaba sobre el fuego, y un puñado de té en hebras aguardaba ansioso en el fondo de las tazas,  Caetano Veloso susurraba cucurucucu paloma en el ordenador que estaba sobre la mesa.

Todo estaba dispuesto para el ritual del té de la tarde, y no faltaban los besos empalagados de miel de caña.

Se disponían sobre la mesa libros, revistas, periódicos … como si fueran los mejores manjares de un banquete y entre tazas de té, besos, pan untado con azúcar negra y abrazos, lentas y placenteras transcurrían las horas de la tarde.

La luz era tenue, la música serena, no hacía falta hablar, porque todas nuestras palabra y pensamientos estaban desparramados en los textos desordenados sobre la mesa. Y ahí estábamos, en silencio, solo acompañados por el sonido de la música y el murmullo de la vieja casona.

De vez en cuando el viento impregnaba el aire con el perfume de las lavandas que florecían en el patio, y la pava seguía chillando.

Él siempre fue de esas personas que encuentran su lugar en el mundo. Yo, todavía lo sigo buscando.